E . V . I . L
(ejército videasta indio latinoamericano)

Periodico La Nacion / Costa Rica

El arte a la ofensiva

Ernesto Salmerón / Para La Nación.

Tamara Díaz Bringas
tamaradiaz@teoretica.org

La reciente V Bienal de Artes Visuales del istmo centroamericano, en El Salvador.

En la bienal nómada

Más de uno debió pensar que era un esfuerzo desproporcionado: remover un pedazo de muro de una casa en Granada, trasladar esas dos toneladas al Palacio Nacional de la Cultura de Managua, montar una exposición que sería censurada el mismo día de su apertura, contratar a dos desmovilizados de guerra como guías, sortear insultos y aduanas. Ernesto Salmerón hizo todo eso como parte del proyecto Auras de Guerra: Intervenciones dentro del espacio público revolucionario nicaragüense, que continuaría con un viaje desde Managua a San Salvador llevando el muro, los desmovilizados, el chofer, su mujer y el artista.

Auras de guerra,
de Ernesto Salmerón

No hubo un gesto más radical en la V Bienal de Artes Visuales del istmo centroamericano. En el museo MARTE, que hospeda el evento, hay un rincón con todo tipo de registros: fragmentos del muro, la prótesis del pie de un desmovilizado, fotografías, periódicos, videos. Todo parecía innecesario mientras afuera estaba “el gringo”: el camión ruso que llevó al grupo con la imagen de Sandino. Una silueta roja en la pared derruida; en el muro que juntos custodiaban David y Rigoberto, antiguos adversarios del Ejército Popular Sandinista y de la Contra. Aun cuando tiene una increíble pertinencia, la acción de Salmerón no solo interroga al contexto nicaragüense. Auras de Guerra pone a prueba la capacidad del arte para interpelar y actuar en la memoria, la política, la historia.
Hace 10 años, Auras de Guerra empezó como una serie de fotografías, que incluía una foto del Sandino de ese muro. Hace también 10 años, la Bienal centroamericana comenzó como un evento de pintura. Que en el 2006 la propuesta actual de Salmerón, con su complejidad y su desafío a cualquier orden, resultara el primer premio de la Bienal, parece un buen síntoma. Los organizadores, artistas y públicos han debido negociar el perfil de esos certámenes. Aunque ha sido un proceso lento, la Bienal ha probado su capacidad para transformarse en la medida en que lo demandan las prácticas artísticas. No obstante, un ajuste aún pendiente será el de ofrecer las condiciones técnicas apropiadas para acoger propuestas audiovisuales.

Bambuzal en la Catedral,
de Jorge Albán

De Gozzini a Albán. Pero lo bueno de esta V Bienal es que la escena regional se mostró mucho más diversa y compleja. El registro que va de los trabajos de Cristina Gozzini a los de Jorge Albán –los otros dos premios otorgados– es amplísimo: desde una materialidad leve y poética basada en papel y lápiz, hasta un video interactivo de un fuerte contenido político. En la muestra participaban con fuerza similar los diminutos dibujos de Nahúm Flores y las inquietantes fotografías de Rachelle Mozman; el brillo de los objetos de Roberto Guerrero y la crudeza del video de Habacuc. Sin embargo, se notó también cierto abuso del recurso del objeto que contradice sus propiedades, o que altera un detalle de lo habitual para perturbar su sentido. Una verdadera excepción fueron las piezas Alpinistas y Cacerólica, de Adán Vallecillo.
Lo bueno, también, fue no encontrar una escena homogénea, aun cuando comparte muchas problemáticas comunes. Algo tan preciso como un tema conecta las propuestas de Danny Zavaleta y Abel González: las luchas territoriales que se libran en las ciudades centroamericanas, con graffiti e impuestos de las maras; con rejas, guardas privados y urbanizaciones exclusivas. Y algo tan vago como una sensibilidad podría conectar también las intensas propuestas de Milena García y Sandra Monterroso. No obstante, una museografía correcta pero poco arriesgada, desaprovechó las relaciones entre las obras.

Manifiesto / El vestido de Salarrué, de Cristina Gozzini

Finalmente, el formato de una bienal nómada se afirma como un modelo ventajoso, donde las ciudades centroamericanas comparten las responsabilidades, costos y también los beneficios simbólicos de hospedar la Bienal. Esta vez, el evento contó con las adecuadas instalaciones del Museo de Arte de El Salvador y con una organización eficiente. Así, en su quinta edición la Bienal se consolida como un espacio de encuentro, que tuvo lugar a través de la exposición y la presencia de los artistas, pero también de un foro donde se presentaron las escenas locales y se discutieron las urgencias comunes. Salieron allí cuestiones como el débil apoyo a la producción artística, los modelos de organización aun desiguales en los eventos nacionales, así como la obsolescencia del formato de premios, que acaparan las expectativas y desvían un necesario debate cultural.

Generosas formas de debatir,
de Nahúm Flores
El Tur, de Danny Zavaleta
El guerrero delicado del ejército Latinoamericano, de Roberto Guerrero

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